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Ellos también nos enseñan cosas

Un niño puede enseñar a un adulto tres cosas: ser feliz sin razón, siempre estar ocupado con algo y saber cómo demandar con toda su voluntad lo que desea.

 

La frase es de Paulo Coelho, escritor brasileño que nació en 1947 en Río de Janeiro. Y que después de trabajar como director de teatro, actor, guionista y periodista, decidió ponerse a caminar y escribir “El alquimista, un libro precioso sobre la bondad y la belleza. Hoy es uno de los escritores más vendidos del planeta.

Un niño puede ser feliz sin RAZÓN, pues yo diría “sin razón aparente”, o “sin razón” simplemente porque la felicidad de los niños no es intelectual.

Los adultos con ese afán de conceptualizar todo lo que vemos o incluso sentimos, nos empeñamos en “entender” lo que sucede dentro y fuera de nosotros sin embargo los niños, y cuanto más pequeños más aún, en vez de tratar de “entender lo que viven” sólo “viven cada momento en el presente”.

Su capacidad para ser felices reside en que son capaces de “disfrutar con todo su ser”. Se entregan plenamente a su actividad y, si como personas de referencia, confiamos en sus capacidades permitiéndoles tiempos de juego autónomo, libertad de movimiento en espacios seguros, y disponibilidad afectiva de acompañamiento; ellos solitos encuentran un sinfín de instantes de felicidad que seguramente los adultos no sepamos interpretar.

Una felicidad que no siempre tiene que ver con la exaltación y la sobreestimulación ya sea de objetos (juguetes, vídeos, consolas…) o de actividad (superespectáculos, fiestas, parques temáticos…), sino en la simpleza y en la presencia.

 

PODEMOS APRENDER MUCHO DE ELLOS PERMITIÉNDONOS CONTEMPLARLES CON INOCENCIA.

 

Podemos poner como ejemplo la celebración este año en Piruetas de el día de la Paz. Os puedo asegurar que fue maravilloso observarles jugar sólo con el recurso del papel higiénico: reían, compartían, se sentían seguros y confiaban, disfrutaban con su cuerpo del placer del movimiento de envolverse en una manta, de dejarse arrastrar o también de ayudar a llevar a otros.

Ninguno calibraba cuanto daba o recibía. De vez en cuando alguno se asustaba, y había que intervenir para ayudarle a retomar su estabilidad, y en breve volvía a jugar o se tomaba su tiempo para observar a los demás.

Ninguno competía por ser mejor que los demás, tampoco se exigía resultados sólo estaban “jugando” y “siendo felices”.

 

LOS NIÑOS ESTÁN SIEMPRE OCUPADOS EN “ALGO” PORQUE FUNDAMENTALMENTE ESE “ALGO” SIEMPRE TIENE FORMA DE “ JUEGO”.

 

Ellos no tienen porqué entender del “tiempo” ni de las prisas, ni de lo que nos conviene a los mayores, pero en la sociedad en la que vivimos, los padres no tenemos más alternativa que “adaptarnos” y “adaptarles” a este ritmo que nos toca vivir en este siglo XXI.

Ante ello nada mejor que transformar en juego cada momento del día para que hasta las rutinas más complicadas se vuelvan fáciles y hasta divertidas.

Ello no significa, entretenerles para que no se den cuenta, sino todo lo contrario, supone ayudarles a aprender a “ocuparse” de sí mismos con alegría, con sencillez y con implicación. También supone dar validez e importancia a sus “ocupaciones”, coger una hoja seca del suelo debería ser tan importante como llegar puntual al trabajo. Y si no puede serlo a primera hora de la mañana, lo puede ser en otro momento del día.

Estar presentes con ellos, escuchando y observando lo que necesitan, regalándoles “disponibilidad” es hacerles felices y hacernos felices a nosotros mismos.

 

LOS NIÑOS SABEN CÓMO DEMANDAR CON TODA SU VOLUNTAD LO QUE DESEAN.

 

Desde el nacimiento los bebés humanos, son seres sociales que para sobrevivir necesitan “atención”. Por eso aprenden a demandarla con toda su voluntad o “involuntad”, ya que su cerebro va a activarse en la zona límbica y más instintiva cuando se produzca una necesidad relacionada evidentemente con el hambre, el sueño, el miedo o el apego.

Y cuando un bebé es criado, con “presencia plena” fundamentalmente por su mamá, una presencia estable que aprende con su hijo, que confía y que respeta la evolución de su hijo, que deja que sea él quien le reclame con toda su voluntad cuando le necesite, que responde a esa demanda y se entrega para satisfacerla, pues entonces se crea un lazo de apego seguro entre bebé y mamá que más tarde permitirá al niño lanzarse al descubrimiento de su entorno físico y social.

 

Y ese niño que descubre el mundo, que es capaz de estar siempre ocupado en “algo”, que actúa por su propia iniciativa e interés, aprende y adquiere capacidades mucho más sólidas que se asientan en su autonomía y en su propia acción.

 

Porque lo que desean los niños es “que les hagan caso” pero también que les dejen libertad de “ser felices sin razón”.

Creo que los niños nos enseñan mucho más que tres cosas, pero que sólo podemos aprenderlas con nuestra consciencia más inocente, con el niño que está dentro nuestro.

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